Septiembre 21 del 2022

El antisemitismo durante la dictadura militar en Argentina

La «primera junta militar» – (de izquierda a derecha) el almirante Emilio Massera, el teniente general Jorge Videla y el general de brigada Orlando Agosti – observando el desfile militar del Día de la Independencia en la Avenida del Libertador, Buenos Aires, el 9 de julio de 1978.

 Según documentos desclasificados del Departamento de Estado, decenas de cables de la embajada estadounidense en Buenos Aires para Washington DC aluden al problema social en distintas formas.

Si se consideran únicamente 15 telegramas que se restringen al tema, surge una imagen perturbadora, desde los centros clandestinos de detención hasta la televisión, desde las bombas hasta la literatura nazi. Las comunicaciones de la embajada estadounidense en Buenos Aires revelan preocupación por el antisemitismo en los años de la última dictadura.

Entre los documentos desclasificados del Departamento de Estado de los Estados Unidos sobre Argentina en los años de la última dictadura militar, muchos se ocupan del antisemitismo durante el periodo. Bombas en sinagogas, escuelas judías y otras instituciones comunitarias, publicaciones filonazis y amenazas a figuras de renombre, entre muchos otros actos, reconstruyen este aspecto particular de aquel tiempo.

Algunos de los documentos se ocupan del uso antisemita que se podría hacer del Caso Graiver (el empresario David Graiver murió en un misteroso accidente de aviación nunca aclarado) y otros del factor antijudío en el secuestro de Jacobo Timerman (periodista y fundador de periódicos); otros más reseñan el análisis de los diplomáticos israelíes sobre el peso de antisemitismo en el gobierno de facto o recogen las opiniones del rabino Marshall Meyer sobre ese y otros temas.

Alrededor de unos 15 tratan el tema exclusivamente, lo cual habla tanto de la realidad del odio discriminatorio en Argentina como de la preocupación de los Estados Unidos por la cuestión. En el cruce de ambas variables, las diferentes posiciones de la comunidad judía argentina intervienen en los informes que la embajada en Buenos Aires enviaba a Washington DC.

Un telegrama del 1º de septiembre de 1976 informó que el embajador en Buenos Aires, Robert Hill, se entrevistó en Estados Unidos con Morton Rosenthal, director de la oficina latinoamericana de la Liga Antidifamación (ADL) de la B’nai B’rith, el 30 de agosto.

El rabino Rosenthal habló sobre los casos de “sinagogas que habían sido bombardeadas y comercios [propiedad de individuos] judíos que habían sido baleados”, además de “una enorme cantidad de literatura antisemita”. Hill se comprometió a ocuparse del tema apenas regresara a la Argentina, y también “a consultar con el embajador israelí y con otros embajadores occidentales sobre el recrudecimiento del antisemitismo” en el país.

Uno de los documentos desclasificados cuenta la reunión entre el embajador Robert Hill y un miembro de la Liga Antidifamación de EEUU preocupado por la situación argentina.

Según el documento, también David Geller, del Comité Judío Estadounidense (AJC), había presentado las mismas preocupaciones a funcionarios del Departamento de Estado. El texto cierra pidiendo que se averigüe la posición oficial de la Casa Rosada ante “el terrorismo contra los judíos”, ya que “si no se toman medidas para reducir el antisemitismo argentino”, eso podría generar “importantes críticas adicionales” al presidente de facto Jorge Videla.

La pregunta tiene particular sentido en la coyuntura: era el comienzo de la dictadura y las instituciones judías locales no habían denunciado una política antisemita específicamente. Como señalaría luego el «Informe sobre la situación de los detenidos desaparecidos judíos durante el genocidio perpetrado en Argentina 1976-1983”, publicado por la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), “la comunidad judía fue afectada como parte de la comunidad argentina global: como miembros insertos en los diversos sectores de la sociedad, fueron afectados en su carácter de ciudadanos argentinos”.

Con el paso del tiempo -como registra el informe- la percepción se modificó: “Pero la comunidad judeo-argentina sufrió también en forma particular, tanto durante el secuestro y desaparición de las personas judías como durante su estadía en los centros de detención, donde numerosos testimonios denuncian el ‘tratamiento especial’ al que fueron sometidas las víctimas judías”.

Lo informaría, en su momento, el embajador que sucedió a Hill, Raúl H. Castro: “Las fuentes judías nos dicen -y nos inclinamos a creerles- que algunos judíos detenidos por razones de seguridad son sujetos a un trato más duro que los no judíos, debido al antisemitismo tradicional entre ciertos elementos policiales y de seguridad”.

Uno de los cables se refirió a un presunto Frente Nacional-Socialista Argentino, que se atribuyó varios atentados antisemitas en agosto de 1976.

Otro cable de agosto de 1976 detalló la denuncia del rabino Rosenthal: “En el mes de agosto se vio un aumento considerable del acoso anti-judío. El 1 de agosto se descubrió una bomba en un templo de la comunidad judía en Buenos Aires, pero la policía la sacó antes de que causara daño. El 4 de agosto una cooperativa de crédito judía y una cantidad de comercios de propietarios judíos fueron rociados con fuego de ametralladoras desde un auto en movimiento. Una bomba explotó en un instituto cultural judío el 24 de agosto y dos sinagogas y un comercio fueron atacados el 27 de agosto”. El mensaje cierra con el último acontecimiento: “Un club judío en Córdoba resultó gravemente dañado por la explosión de una bomba”.

La enumeración fue el contexto que el documento de la embajada en Buenos Aires ofreció para su tema central: “Un grupo, que se autodenomina Frente Nacional-Socialista Argentino, ayer se declaró responsable de los ataques de la semana pasada a dos sinagogas y un comercio judío. En una carta enviada a las redacciones de los periódicos, el grupo anunció que había ‘declarado la guerra’ a lo que llamó ‘la plutocracia judeo-bolchevique’ que, denunció, tiene la culpa de la desintegración nacional de Argentina”.

La embajada de los EEUU quería clarificar si el antisemitismo en Argentina era un fenómeno sociocultural o una política de estado. (AP/Jean-Francois Badias)

Un peligro «todavía» no demasiado grave

Sin darle mayor importancia a la banda nazi, el cable recordó que era la misma que “aparentemente se declaró responsable del ataque a un centro de mujeres judías hace un año”. La desestimación se fundó en parte en que la embajada consultó a autoridades de la comunidad judía internacional y de la embajada israelí local, quienes habían coincidido en que los incidentes “todavía no constituyen una amenaza grave”.

Sin embargo, una semana más tarde los ataques habían continuado y la DAIA había publicado una declaración, “la más fuerte hasta el momento”, según el nuevo telegrama, “en repudio de lo que llamó una campaña delictiva repetida y sistemática de antisemitismo”. El texto -informó el jefe adjunto de la misión estadounidense, Maxwell Chaplin, al Departamento de Estado- “siguió a la aceleración de los ataques contra establecimientos judíos, incluidas las bombas del viernes (4 de septiembre) en una escuela judía en Flores y una sinagoga en el centro de Buenos Aires”.

Según una comunicación de Maxwell Chaplin, las felicitaciones de Jorge Videla al entonces nombrado embajador argentino en Israel no tranquilizaron a una comunidad acosada.

El texto habla también del nombramiento del nuevo embajador argentino ante Israel, Enrique Ros, y menciona que la felicitación oficial de Videla al diplomático “no fue vista como particularmente tranquilizadora para la atribulada comunidad judía”. Alude también -como comentario valorativo de Chaplin- a la importancia de la protesta de la DAIA, que “ha sumado ahora otra voz a la creciente protesta pública contra la violencia descontrolada en el país”.

Días más tarde, cuando se habían producido otros atentados con bombas en la Sociedad Hebraica y el Banco de Israel, ambos en Córdoba, Hill volvió a mencionar la cuestión. Anunció también el cierre de una imprenta antisemita el 13 de septiembre, “Editorial Milicia” y la prohibición de “ocho de sus más recientes publicaciones antisemitas”. El documento describió el sello como “responsable de producir la mayoría de las publicaciones pro-nazis, antisemitas que han proliferado en Argentina en los meses recientes”.

Otro de los cables reseña el cierre de una editorial antisemita y ocho de sus publicaciones pro nazis.

El “sentimiento” antisemita

Una de las cuestiones que analizan varios cables es la naturaleza generalizada del antisemitismo. El problema no era un grupo en particular, o una política de Estado, sino algo más inasible y ubicuo. Explicó el embajador Hill en enero de 1977:

“El sentimiento antisemita existe en varios grados dentro de las fuerzas de seguridad y la población general también; los agrupamientos son fluidos y en el pasado han llevado una gran cantidad de nombres, de los cuales el Frente Nacionalista Socialista es solo uno. (La Triple A es otro ejemplo de un grupo impreciso de extremistas de derecha que operan de manera separada, aparentemente en conexión con las fuerzas de seguridad cuando es necesario, pero sin organización central, jerarquía o liderazgo)”.

Un extenso telegrama de seis páginas se dedicó a explicar a Washington DC la entrevista antisemita que hizo un reconocido periodista argentino de televisión.

Varios cables describen ese “sentimiento” como “un antisemitismo al estilo del siglo XIX”, un “antisemitismo pandémico del siglo XIX”, que cada tanto ayudaba a “alimentar una variedad más viciosa y violenta” de odio. Se trata de una matriz cultural que se vuelve visible en episodios como la entrevista de Enrique Llamas de Madariaga al ingeniero Jaime Rozenblum, el 27 de octubre de 1980, a la que la embajada estadounidense en Buenos Aires dedicó un cable de seis páginas.

“Ostensiblemente dirigido a examinar la situación de la comunidad judía argentina, el programa resultó ser un interrogatorio a Rozenblum hecho por Llamas, cuyas preguntas hostiles se presentaban de una manera igualmente desagradable. La línea de preguntas de Llamas reflejó la creencia de que los judíos son esencialmente como Fagin [personaje de Charles Dickens], leales sólo al estado de Israel, que probablemente se merecen cualquier tratamiento que hayan recibido a lo largo del tiempo”, reseñó el cable de la entrevista del periodista que, además, era familiar del vocero de prensa de Videla.

El cable, además de describir el interrogatorio de Enrique Llamas de Madariaga, da contexto sobre la historia del antisemitismo en la Argentina.

El cable ofreció “una muestra de la línea de preguntas de Llamas”, que incluyó: “Si los judíos han sido perseguidos durante 4.000 años, debe haber una razón, ¿no cree?; ¿Por qué la gente dice que los judíos son avaros?; ¿Por qué no hay judíos pobres?; ¿Por qué los judíos se emocionan más por Israel que por Tucumán?”.

También citó que entre la “limitada reacción de la prensa” se destacaba la columna del rabino Marshall Meyer, quien escribió en The Buenos Aires Herald: “El hecho que de semejante serie de preguntas se le pueda realizar a un judío argentino en un canal de televisión propiedad del gobierno y en hora pico debería ser suficiente para llenar de horror los corazones no sólo de cualquier judío sino de cualquier argentino de mente abierta que ame la libertad y quiera ver una democracia pluralista en el futuro”.

Por la misma época en que Montoneros voló la casa de Guillermo Walter Klein, secretario de Programación y Coordinación Económica del ministro José Martínez de Hoz, hubo un atentado contra una ieshivá en Buenos Aires. Un cable para el Departamento de Estado mostró que en el momento se generó cierta confusión entre el atentado en el que nada sucedió a la familia Klein, pero murieron dos custodios, y el ataque antisemita.

El telegrama, con el asunto “Explosión de bomba en escuela rabínica”, dijo que se sabía poco sobre el asunto, pero que “algunos miembros de la comunidad judía”, preocupados por la posibilidad de “una nueva campaña de atentados antisemitas”, se manifestaban también “inclinados a aceptar los rumores de que el atentado contra el seminario fue realizado por el mismo grupo que atacó a Walter Klein y su familia”.

Los documentos muestran que el Departamento de Estado no creyó, como la dirigencia de la comunidad judía, que la bomba contra Klein tuviera el mismo origen que las antisemitas.

La embajada, sin embargo, tenía otra fuente, “un antiguo observador, equilibrado y bien informado, de Argentina y sus problemas”, que ofreció una perspectiva diferente: “Él duda seriamente que la bomba contra Klein y el ataque al seminario hayan sido realizados por las mismas personas”. El embajador Castro desarrolló que su fuente suponía que la ieshivá había sido atacada por “individuos que querían hacer una protesta anti judía por la liberación de Timerman”, y recordó que “esta clase de acciones anti-judías han estropeado la vida argentina durante muchos años, y que fueron muy intensas en el pasado reciente”.

Nada agregó el cable sobre la perspectiva del observador sobre la acción de Montoneros.

El antisemitismo como pieza en el juego político

En 1980 continuaban las amenazas y las bombas contra instituciones de la comunidad judía: un cable del 15 de agosto menciona tres bombas en escuelas (dos explotaron sin causar víctimas) y un promedio de una amenaza telefónica al día en los colegios de Buenos Aires, que la DAIA prefirió no hacer públicas para evitar un efecto de contagio.

Un tema recurrente en los cables de los diplomáticos son las internas en el poder militar, y también aparecen en relación a los atentados antisemitas.

“El liderazgo de la DAIA tiene dos hipótesis para explicar este aluvión de antisemitismo”, reseñó el documento. La primera es tradicional: la obra de grupos antisemitas habituales en la historia argentina. La segunda es que “los autores de estos eventos podrían estar motivados por propósitos políticos más sofisticados, concretamente para desestabilizar el liderazgo de Videla/[Roberto] Viola de los militares y fortalecer las posibilidades de una alternativa a Viola para la presidencia”, ya que en 1981 Viola sucedería a Videla. El objetivo era mostrar que “no mantenían completo control”.

“Diferencia de enfoque”

En junio de 1976, mientras visitaba Buenos Aires, el entonces secretario de Estado, Henry Kissinger, se reunió con Nehemías Resnizky, presidente de la DAIA, que nuclea a las organizaciones judías del país. “Resnizky dijo que, durante el gobierno terminado de la Sra. Perón hubo manifestaciones de antisemitismo emanadas de las autoridades gubernamentales”, señala el cable.

Durante su visita de octubre de 1976, Henry Kissinger, secretario de Estado, habló con el entonces presidente de la DAIA, Nehemías Resnizky.

“Luego de que el actual régimen militar asumiera en marzo de 1976, existió temor en la comunidad judía de que el escándalo de Graiver degenerase en una ola generalizada de antisemitismo contra la comunidad en su conjunto”. El presidente de la DAIA, según el documento, dio crédito por eso al apoyo de los Estados Unidos y de Israel. No obstante, reconoció que en el país existían “elementos de antisemitismo que se originan en el catecismo de las escuelas católicas y las tradiciones militares”, pero que la dictadura no tenía una política oficial antisemita.

Esa perspectiva resultó ser polémica en los años que siguieron; no obstante, Resnizky -que en 1977 sufrió la desaparición de uno de sus hijos, Marcos, quien logró sobrevivir- fue reelegido al frente de la DAIA por el periodo 1978-1980. Debido a esas controversias se alejó de su amigo Jacobo Timerman: el famoso editor, secuestrado en 1977, llegó a acusarlo de “complicidad”. El rabino Meyer defendió a Resnizky y otros dirigentes: “Creo que fundamentalmente lo que tenían era miedo, y además una diferencia de enfoque”.

Los documentos desclasificados confirman que hubo distintas perspectivas sobre la dictadura dentro de las figuras más conocidas de la comunidad judía.

Ese enfoque debía establecer si un ataque era esencialmente antisemita, por la identidad judía de una persona, no por otras razones, como las ideológicas o políticas. Precisamente ese argumento utilizó Resnizky cuando Kissinger le preguntó por Timerman: el presidente de la DAIA dijo que el editor había sido “injustamente acusado de conexiones subversivas”, pero que era “difícil juzgar por qué había sucedido eso”.

Un ejemplo llamativo de la evolución de las perspectivas se ve en un cable del 29 de septiembre de 1976. Allí Hill contó que días antes había almorzado con Timerman y se había quedado perplejo cuando, tras sacar el tema del antisemitismo en el país, el entonces propietario del diario La Opinión le había dicho “que no existe tal problema acá y que esa preocupación por este problema, en buena medida imaginario, se deriva de la exageración de las organizaciones judías en los Estados Unidos”. En ese almuerzo Timerman también se refirió a “la lucha interna y las intrigas palaciegas que suceden entre el Ejército y la Armada”.

El embajador Hill se mostró sorprendido por la negativa de Timerman a considerar que el antisemitismo era un problema grave.

Agregó Hill a modo de “Comentario”: “Me parece que el esfuerzo de Timerman por justificar el antisemitismo en Argentina es algo desconcertante. Posiblemente el problema haya sido un poco exagerado por algunas organizaciones que están naturalmente bastante preocupadas. Sin embargo, sugerir que no hay problema realmente contradice la historia y los hechos concretos hoy visibles”. El embajador enfatizó: “Puede que el tiroteo contra tiendas de judíos y las bombas en sinagogas y centros cívicos judíos no indiquen el comienzo de un pogrom, pero ciertamente indican que existe -repito, existe- un problema”.

Meses más tarde, consignó un cable del 26 de enero de 1977, Timerman expresó otra valoración. Hill señala ese cambio: “El influyente director de La Opinión expresó ayer (24 de enero) una mirada más cruda que la que había manifestado antes”. Timerman habló sobre los “elementos muy nacionalistas, de derecha y en algunos casos fuertemente antisemitas” que son “particularmente prevalecientes en las fuerzas armadas”. Mencionó “sectores duros” en el Ejército y la Armada y “prácticamente toda la Fuerza Aérea, que dijo que estuvo muy influida por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial”. Y que, en ese momento, disfrutaban de “altas posiciones de poder, particularmente en el área de seguridad interior”.

La opinión de Timerman cambió con el curso de los meses y la represión ilegal estatal.

El periodista aludió a la “extraordinaria libertad e inmunidad” de los militares: “Ahora, en tanto la guerra contra la subversión, muy apasionada y escasamente controlada”, en palabras de Hill, “comienza a disminuir estos elementos reorientan sus energías a la represión política. Unos de los objetivos es la comunidad judía, aunque puede y de hecho incluye otros grupos: periodistas, docentes, intelectuales, etc.”.

Como ejemplo, Timerman puso el caso de Luciano Menéndez en Córdoba: “Aunque probablemente no autorizó la bomba”, reprodujo el documento, “su control del área es tal que sin dudas puede descubrir quién lo hizo si lo desea”. Pero le resultó más probable considerar que a Menéndez no le interesaba detener a los “cuentapropistas” por sus “payasadas”.

Hill calificó a Timerman de “mercurial” y recomendó que sus opiniones se consideraran sin perder de vista ese rasgo de su personalidad. “No obstante, sus comentarios refuerzan la perspectiva de la embajada y otras fuentes de que el antisemitismo no es un asunto separado y único” en la Argentina de la dictadura.

 

Fuente: Aurora Digital



Este sitio web únicamente utiliza cookies propias con finalidad técnica, no recaba ni cede datos de carácter personal de los usuarios sin su conocimiento. Sin embargo, contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas a las de Comunidad Judía de Guayaquil que usted podrá decidir si acepta o no cuando acceda a ellos.