Septiembre 1 del 2022

Entrevista a Sebastián de la Obra

Fundador, director y conservador del Museo Casa Sefarad de Córdoba.

A la izquierda el autor de la nota Ricardo Angoso, a la derecha el entrevistado Sebastián de la Obra

“La influencia judía en España es algo intangible, que ni se ve ni se toca, pero que está en todas partes”.

“Se puede ser israelí y sefardí al mismo tiempo, no hay conflicto entre ambas identidades”

Sebastián de la Obra es, seguramente, uno de los españoles que más sabe de la cultura hebrea. Conoce su religión, sus fiestas, sus ritos, su gastronomía y hasta su música, que en muchas ocasiones entona en ladino para los visitantes que llegan hasta la Casa Sefarad de Córdoba, que fue una donación de su fundador a esta capital andaluza y a la cultura judía para la posteridad. Hombre curioso, bibliófilo, erudito y estudioso donde los haya, Sebastián ha donado también su inmensa biblioteca sobre temas judíos a este museo, un espacio dedicado al mundo hebreo y al legado de los judíos que un día vivieron en España y nos dejaron sus huellas para siempre.

Ricardo Angoso: ¿Cómo se fundó esta Casa Sefarad, cuáles son sus orígenes?

Sebastián de la Obra: Esto nace como un sueño, como nacen todos los grandes y pequeños proyectos, también los que son hermosos. El sueño era trabajar sobre la historia de nuestra identidad judía y no desde un punto de vista exclusivamente intelectual o exclusivamente turístico, o cultural. El problema que tiene la memoria judía en España es que, frente a las dos grandes tradiciones de nuestra historia, la musulmana y la cristiana, tú no tienes que preguntarte por el pasado cristiano de España, porque está en todos los sitios por donde mires; en las iglesias, en las catedrales, en la lengua, en nuestra cultura…Tampoco hace falta preguntarse por la tradición musulmana de España porque algunos de los más bellos monumentos de nuestro país pertenecen a ese pasado hispano-árabe.

No hay en toda Europa algo como la Mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada, ni tampoco ninguna Giralda en el continente europeo. Pero cuando tú te planteas la huella judía, la mayor parte de la gente no la identifica. Las dos sinagogas de Toledo y la sinagoga de Córdoba no son nada para esa memoria judía de España. La memoria judía de España es intangible, no se ve ni se toca.

El problema de la cultura contemporánea es que la gente si no ve y toca algo piensa que no existe. ¿Qué hacemos nosotros? El esfuerzo de limpiar las huellas y recuperarlas, identificarlas y mostrarlas al mundo. Esas huellas están en la comida, en la música, en la filosofía, en la literatura, donde hay bellas muestras, en nuestro pensamiento, en la toponimia y, en definitiva, en todos partes donde miremos. Esas huellas judías están en todas partes, forman parte de la psicología hispana, e impregnaron numerosos aspectos de nuestra vida durante los 1400 años de presencia judía. Luego vino la diáspora sefardí, tras la salida de los judíos en 1492, que conservó esas señas de identidad durante más de quinientos largos años. A esta herencia, hay que añadirle las huellas judías de los judeoconversos o marranos durante otros trescientos años de nuestra historia.

Si habláramos en términos académicos, estaríamos hablando de tres líneas de tiempo distintas: los 1400 años de presencia ininterrumpida en la Península con numerosas aportaciones culturales y sociales en todos los terrenos; luego nuestra diáspora extendida por el Norte de Africa, los Balcanes, Europa, las Américas y lo que era el Imperio Otomano, manteniendo vivas las tradiciones culturales y la lengua, el ladino; y, finalmente los judeoconversos que se quedan en la Península, viviendo una suerte de esquizofrenia para aparentar lo que no son y ser lo que no pueden mostrar en la sociedad en la que conviven con los cristianos.

Para los judeoconversos o marranos era una existencia muy dura, en tanto y cuanto los cristianos desconfían de ellos porque creen que realmente no se han convertido al cristianismo y porque los judíos que no se han convertido les desprecian por traidores. Lo mejor que ha dado la literatura española, la mística y la filosofía de esos años es obra de judíos conversos y hay numerosos nombres y autores que así lo atestiguan, como Juan de Avila, Santa Teresa de Jesús o Bartolomé de las Casas, por citar solamente algunos de los mejores ejemplos. Y, para concluir, esas son las tres líneas de acción de las que hablamos en esta Casa Sefarad y nos dan para una, dos y tres vidas.

R.A.: ¿En qué año nace esta institución y qué tipo de visitantes vienen?

S.D.O.: El proyecto nace en 1999 y  se plasma por primera vez en un edificio de la vieja judería Sevilla, pero que acaba cerrando sus puertas porque el lugar no reunía las condiciones para albergar el proyecto. Aquello fue el inicio. Más tarde, después de una larga reflexión, llegamos a la conclusión que Córdoba era la verdadera capital judía de Europa, mucho más que Toledo. Córdoba, la ciudad de Maimónides, tenía el arraigo y la tradición para que estuviera aquí esta Casa de Sefarad. En el año 2004, ya con el proyecto en marcha, compré esta casa y comienzo con las labores de restauración y obras de la misma, que duran un año y medio. Después, en el 2006, abrimos oficialmente nuestras puertas al público. Ese es el origen, su historia. ¿Qué somos? Casa Sefarad es un museo privado, absoluta y radicalmente independiente, algo que no abunda mucho en España porque existe una gran cultura de las subvenciones públicas a todas las iniciativas de estas características. No hemos tenido ni pedido jamás una subvención de nadie. ¿Quién ha pagado este museo? Mi bolsillo, con mis deudas personales y los préstamos que he pedido. Han sido mis recursos personales los que han hecho que este museo hoy exista. Es posible que quien lea esto no se lo crea, pero es la verdad. Disfrutamos de nuestra independencia y también la padecemos, todo hay que decirlo.

PASION POR EL MUNDO JUDIO

R.A.: ¿De dónde nació tu pasión por el mundo judío?

S.D.O.: Yo soy historiador por vocación y profesionalmente he sido el director de la Biblioteca del Parlamento de Andalucía hasta hace unos meses en que me he jubilado. Puesto al que, lo recalco, llegué por oposición. Ese mundo de los libros y de mi actividad social, donde trabajé en varias organizaciones de derechos humanos y me interesé por los movimientos migratorios, me llevó a investigar sobre el mayor movimiento migratorio de la historia: la diáspora judía. ¿Por qué se fueron, por qué no se integraban, por qué los perseguían? Tenía muchas preguntas con respecto al mundo judío y buscaba las repuestas a las mismas. Esa relación entre la historia de la humanidad y la historia del pueblo judío, con todas sus complejidades, es la que me llevó a este interés que ha movido una parte de mi vida.

Mucha gente me pregunta si soy judío y lo preguntan porque existe esa desconfianza histórica que si no eres judío no puedes adentrarte en ese mundo. Pero, en fin, si alguien quiere la coartada de porque me intereso este mundo, yo también la tengo: en mi árbol genealógico hay un judío converso procesado por la Inquisición en 1620 y que se llamaba Antonio de la Obra. Era escribano en la Cancillería de Granada y fue procesado por la Inquisición por su origen y práctica judeoconversa. Pero yo no he necesitado ni necesito esa coartada para haber hecho y hacer lo que he querido hacer.

EL LEGADO SEFARDI Y SU SIGNIFICADO

R.A.: ¿Qué significa hoy la identidad sefardí en el mundo judío?

S.D.O.: Es una pregunta compleja porque la identidad sefardí, junto con sus ricas tradiciones, es una identidad de la diáspora y construida fuera de la tierra de Israel, bien a través de los 1400 años en la Península y los 500 años fuera de Sefarad y en otras partes donde se asentaron los sefardíes. Luego era difícil de preservar esa identidad porque allá donde llegaban eran asimilados por sus nuevos países de residencia. Esa identidad, bien compleja fuera de su antiguo ámbito geográfico, o bien se preservaba en pequeñas comunidades, como Sarajevo, Estambul, Izmir y algunas ciudades marroquíes con pequeñas comunidades, o se diluía en las nuevas naciones donde se asentaban esas comunidades y se perdía una buena parte de su acervo cultural. La lengua, como uno de los elementos fundamentales de la cultura sefardí, en mi opinión ya ha muerto y no es un vehículo de comunicación. Existe, eso sí, como lengua literaria y artística; ahora muchos cantantes y músicos utilizan el ladino como forma de expresión de sus canciones y letras. Se editan libros, discos, poemarios y cantorales en ladino, pero como vehículo de comunicación ya no existe. Ha dejado de existir porque excepto los más ancianos en esas comunidades judías nadie se comunica en esa lengua y los jóvenes ya no la hablan ni la conocen. Eso, sin embargo, no ha ocurrido con la otra gran tradición judía, la askenazi, y con su lengua, el idish, que se sigue hablando en Nueva York, en Israel y en otras partes de Europa, aparte de contar con un rica tradición literaria y musical que pervive hasta hoy, algo que no ocurre con el ladino.

R.A.: ¿Ni siquiera en Israel se han hecho esfuerzos por preservar esa cultura sefardí y su lengua?

S.D.O.: Ahora, en las últimas décadas se está haciendo; es un fenómeno muy reciente porque desde la fundación del Estado de Israel, en 1948, todo lo que estaba relacionado con la diáspora quedó como anulado. Había que construir un Estado y no se podían mantener las diferencias entre asquenazíes y sefardíes. Se trataba de forjar una identidad nacional propia, la israelí, y con su idioma propio y oficial, que era el hebreo. Tiene su explicación, claro está, aunque no tengo tan claro que tenga su justificación. Sin embargo, como ya dije antes, en las últimas décadas ha habido un renacer de esa identidad de origen, de poder ser israelí y ser sefardí sin que haya una contradicción entre ambas identidades. Y, de la misma forma, se pueden conservar las tradiciones y la lengua si eres askenazi y ser israelí al mismo tiempo sin que haya un conflicto en ello. Ha costado mucho trabajo y mucho tiempo para que los gobiernos de Israel pudieran entender y comprender que la diáspora forma parte indisoluble de la identidad judía que no solo se reduce a la identidad nacional israelí, sino que es la historia de miles de años del pueblo hebreo.

 

Fuente: Aurora Digital