Julio 18 de 2022

¿Acabarán los ultraortodoxos con el caos político de Israel?

Un hombre ultraortodoxo mira una pancarta de la campaña electoral del partido Azul y Blanco en Bnei Brak, que presenta a Benny Gantz y Benjamin Netanyahu antes de las elecciones de marzo del 2021.

ISRAEL MEDIO: Esta es una oportunidad para los políticos ultraortodoxos de hacer algo no sólo por sus electores, sino por el bien del estado judío.

Con su jefe partiendo a la política nacional, el vicealcalde Uri Lupolianski -un padre con barba y sobrero negro de 12 hijos -repentinamente fue el alcalde de Jerusalem.

Cuatro meses después, lo temporario se convirtió en permanente, ya que el alcalde interino fue elegido y, por lo tanto, le dio a los ultraortodoxos una oportunidad sin precedentes para formar una parte importante de la vida israelí. La oportunidad se desperdició, como lo fue una segunda oportunidad la siguiente década.

Ahora, con la fusión entre Azul y Blanco y Nueva Esperanza, surge una tercera oportunidad -una oportunidad para que los políticos ultraortodoxos hagan algo no solamente por sus electores, sino por el bien del estado judío.

La primera oportunidad

La primera oportunidad comenzó como un cuento de hadas y terminó como una tragedia.

Lupolianski, quien se ganó el respeto nacional como el fundador de la organización benéfica Yad Sarah, que presta equipos médicos de forma gratuita a miles de pacientes sin importar su origen, se esperaba que construyera puentes entre los ultraortodoxos y todos los demás.

Uri Lupolianski.

Eso nunca sucedió. El alcalde ultraortodoxo de la capital limitó la motivación a construir escuelas, parques infantiles y teatros en barrios seculares. Su condena final por soborno resultó no sólo decepcionante, sino también proverbial, porque en lugar de ser impulsado por la codicia fue impulsado por el sectarismo, ya que los sobornos fueron no a sus bolsillos, sino a su organización benéfica y varias instituciones ultraortodoxas.

Si hubiera pensado nacionalmente, o incluso sólo en los intereses más amplios de los ultraortodoxos, el alcalde y el resto de los políticos ultraortodoxos habrían usado esa oportunidad para impresionar al resto de Israel al mostrarles que ellos, también, pueden producir el constructor de una ciudad como Teddy Kollek.

La segunda oportunidad

Esa fue en la primera década del siglo. En la siguiente década, los ultraortodoxos tuvieron una segunda oportunidad para hacer algo más grande que su política ordinaria, cuando la pandemia estalló, y el ministro de salud encargado de enfrentarla fue el líder de Judaísmo Unido por la Torah, Ya´akov Litzman.

El político jasídico, que se había ganado el respeto por haber ampliado el gasto en salud y también forzado a los productores a estampar advertencias de peligro para la salud en productos alimenticios excesivamente grasosos y dulces, tenía ahora la tarea de sacar al país de una gran crisis. Nunca antes le sucedió una cosa así a un político ultraortodoxo. La oportunidad era grande, y el fracaso fue aún más grande.

Litzman probó ser incapaz de dirigirse efectivamente al público en general, y no estaba equipado para dirigir a los expertos que estaban luchando con la plaga. Además, prestó mucha atención a sus preocupaciones sectarias -como aliviar los cierres de las sinagogas -a expensas de lo que debería haber sido su única preocupación, la plaga en sí.

Los políticos seculares, más notablemente Benjamin Netanyahu, fueron absorbidos por el vacío y llevó a la lucha gubernamental. En la primavera del 2020, apenas dos meses desde el primer cierre, Litzman dejó la agencia que había dirigido durante una década, justo cuando más se necesitaba.

Si la partida de Litzman fue su decisión o la de Netanyahu sigue sin estar claro. Lo que está claro es que los ultraortodoxos perdieron nuevamente una oportunidad para asumir el liderazgo que trascendería su estrecha agenda y muros altos.

El próximo otoño, los ultraortodoxos tendrán una oportunidad más para asumir el liderazgo político.

La tercera oportunidad

La papeleta conjunta presentada esta semana por el ministro de defensa, Benny Gantz, y el ministro de justicia, Gideon Sa´ar, no va a abrumar al sistema. Las encuestas indicaron rápidamente lo que cualquiera que hablara con los votantes podría adivinar: la fusión no genera tráfico nuevo entre la derecha y la izquierda.

Sin embargo, la fusión genera un partido considerable que no tiene mala sangre con los ultraortodoxos, ni mucho de una agenda relacionada con los asuntos religiosos. Eso es diferente a Yesh Atid e Ysrael Beytenu, sin mencionar a Meretz, todos los cuales son descalificados por los rabinos ortodoxos ya que son militantemente anti religiosos.

Esta posición se volverá fundamental si Netanyahu no gana 61 legisladores. En tal caso, los políticos ultraortodoxos decidirán si ayudan a Netanyahu a imponer otra elección irregular, o ponen fin a la locura creada por una coalición amplia con aquellos que se rehúsan a servir bajo un primer ministro que enfrenta un juicio y socava el poder judicial.

Esto no tiene que hacerse con rudeza. Puede ser hecho por un acuerdo de rotación donde Gantz, a pesar de los seguidores posiblemente más grandes de Yair Lapid, será primer ministro durante los primeros dos años, durante los cuales el juicio de Netanyahu probablemente terminará. Luego, si es absuelto, Netanyahu rotaría como primer ministro, y si es convicto, el Likud instalará a alguien más como primer ministro.

Éste es el escenario más simple, donde Netanyahu no logra reunir 61 escaños ¿Qué pasa si apretadamente pasan 60? ¿Tendrán entonces los políticos ultraortodoxos la honestidad de conceder que Israel merece algo mejor que un gobierno estrecho que desestabilizará aún más el sistema político y desgarrará la sociedad israelí?

Esta es la tarea que los líderes ultraortodoxos enfrentarán el 2 de noviembre.

Nunca en todos sus 74 años ha sido desafiado Israel por nada como el impase político de los últimos tres años. En términos de la preocupación que evoca para el futuro de Israel, trae a la mente los días de asombro que precedieron a la Guerra de los Seis Días, cuando Israel enfrentó repentinamente el sitio militar de tres vecinos.

En ese entonces, la parte política de la crisis fue reinventada por los políticos ortodoxos modernos.

Liderados por el ministro del interior, Moshe Haim Shapira, el partido Religioso Nacional obligó a Levi Eshkol, del partido Laborista, a crear un gobierno amplio que incluyó a Moshe Dayan de la oposición como ministro de defensa y, por primera vez, a Menachem Begin y su partido Herut.

Esta medida inspiró a la gente y alimentó la victoria militar que salvó a Israel del aniquilamiento. También transformó el estatus político de la ortodoxia moderna, de actor de reparto a actor principal; un jugador político prudente y patriótico que mostró que se preocupaba por el estado no menos que por sus electores, quizás más.

Ahora, si sus líderes muestran la clase de liderazgo que mostró la ortodoxia moderna en 1967, los ultraortodoxos pueden emerger como el improbable salvador que salvó la empresa sionista al llevar un drama constitucional de tres años, una tragedia judicial, una farsa política y una ópera real a su final largamente esperado.

 

www.MiddleIsrael.net
El escritor, un becario del Instituto Hartman, es el autor del éxito de ventas Mitzad Ha´iveleet Ha´yehudi (La Marcha Judía de la Locura, Yediot Sefarim, 2019), una historia revisionista del liderazgo político del pueblo judío.

Fuente: The Jerusalem Post
Traducción: Comunidad Judía de Guayaquil