Mayo 27 del 2022

La caída en desgracia de un multimillonario judío a causa de la invasión rusa

Abramovich, ex dueño del club de fútbol Chelsea, es acusado de corrupción, sancionado por el gobierno británico y quedó en la mira por sus vínculos con Putin en medio de la invasión rusa.

Junto a la barra de una suite de Stamford Bridge, estadio del Chelsea, había una persona que no se había visto en el recinto en años: Roman Abramovich.

En noviembre de 2021, el propietario judío-israelí volvió a Londres, a su club, que compite en la Premier League, para recibir al presidente de Israel.

Roman Abramovich. (Reuters)

 No había un séquito de seguridad alrededor del multimillonario ruso y poco alboroto, sólo su socio cercano y director del club, Euguene Tenenbaum.

Tras conversar con los invitados y posar para las fotos con el presidente Isaac Herzog en el campo, la fiesta se pasó a una merienda para 50 personas.

Abramovich fue agasajado con discursos en los que se elogiaba su trabajo a través del Chelsea para hacer campaña contra el antisemitismo. Parecía la reintroducción del magnate en un papel más destacado en torno al Chelsea, unido a su activismo social.

Había, tal vez, un visado británico que recuperar después de que retirara su solicitud de renovación en 2018. Pero entonces, todo cambió rápidamente el 24 de febrero, cuando Rusia invadió Ucrania.

Tres meses después, Abramovich está siendo sustituido como propietario del Chelsea por un grupo liderado por el inversor estadounidense Todd Boehly, una perspectiva inimaginable cuando el oligarca estaba en el campo en Abu Dhabi el 9 de febrero levantando la Copa Mundial de Clubes de la FIFA.

Resultaría ser el 21º y último trofeo del equipo masculino, en 19 años dirigiendo el equipo que su riqueza transformó de ser glamuroso, pero que sólo competía ocasionalmente por los mayores trofeos, en uno de los más exitosos del fútbol europeo.

 Roman Abramovich sostiene el trofeo de la Liga de Campeones del Chelsea. (Getty)

 Abramovich trató de aferrarse al Chelsea, incluso cuando se intensificó la ira por la agresión no provocada de Rusia hacia el país vecino, respaldado no sólo por sus fieles seguidores, sino por grandes del club, como John Terry, que lo aclamaban como «el mejor».

A las pocas horas de comenzar la guerra, fue acusado en la Cámara de los Comunes de tener vínculos con actividades corruptas y pagar por influencia política en Rusia. Crecieron las demandas para que fuera sancionado por el gobierno británico, que ya había frustrado sus esfuerzos por recuperar el visado en los últimos años, según un legislador.

Sintiendo la necesidad de actuar, Abramovich ofreció cambios drásticos en la propiedad el 26 de febrero con la promesa de ceder la «administración y el cuidado» del club a los administradores de su fundación benéfica.

Sin embargo, éstos no habían firmado el plan, y la vaga propuesta no aplacó el enfado por el hecho de que un hombre acusado de estar tan estrechamente vinculado al presidente ruso Vladimir Putin pudiera conservar la propiedad de un símbolo de estatus de alto perfil en el corazón de Londres.

Otra jugada pública para blindar su reputación frente a la guerra de Putin se produjo el 28 de febrero, cuando las relaciones públicas de Abramovich impulsaron una aparente maniobra para que mediara en la paz. El magnate judío no condenó la guerra, y aún no lo hizo, a pesar de haber hablado de la necesidad de condenar públicamente las atrocidades sólo dos días antes de la invasión.

Los inusuales comentarios se produjeron en una declaración en la que lanzaba una nueva asociación de apoyo al museo del Holocausto con sede en Jerusalem.

Roman Abramovich, ex propietario del Chelsea. (AP)

«El trabajo de Yad Vashem en la preservación de la memoria de las víctimas del Holocausto», aseguró Abramovich, «es fundamental para garantizar que las generaciones futuras nunca olviden a qué pueden conducir el antisemitismo, el racismo y el odio si no nos pronunciamos», agregó en ese momento.

Sin embargo, Abramovich nunca puso en práctica lo que predicaba, incluso cuando el número de muertos aumentaba en Ucrania y las zonas quedaban reducidas a escombros por los bombardeos. Yad Vashem suspendió su asociación con el oligarca, al igual que el Museo Imperial de la Guerra de Londres, donde fundó una exposición sobre el Holocausto y que organizó un acto para él horas después del inicio de la guerra de Rusia contra Ucrania.

Sólo habían pasado seis días de la invasión cuando el multimillonario suizo Hansjorg Wyss filtró que Abramovich en realidad estaba tratando de deshacerse rápidamente del Chelsea y el club fue puesto a la venta públicamente.

«Espero», comentó Abramovich, «poder visitar Stamford Bridge por última vez para despedirme de todos en persona».

Una semana después, el gobierno puso fin a cualquier esperanza inmediata de regresar a Londres. Se impusieron sanciones y restricciones de viaje a Abramovich, se congelaron sus activos y se permitió al Chelsea operar sólo bajo términos de una licencia emitida por el gobierno hasta finales de mayo.

El Chelsea no podía vender nuevas entradas para los partidos. Los jugadores no podían recibir nuevos contratos. Incluso las tiendas de productos cerraron.

Roman Abramovich, ex propietario del Chelsea. (AP)

La tarea de encontrar un comprador para el Chelsea se encomendó al banco mercantil Raine Group, con sede en Nueva York. Se hizo pública una serie de posibles inversores, algunos aparentemente más viables que otros, antes de que el banco presentara una lista de cuatro postores a principios de abril.

El Raine Group -que trabaja con socios de Abramovich en el consejo de administración del Chelsea- acabó seleccionando al grupo en el que figuraba Wyss y que estaba encabezado por Boehly, copropietario de los Dodgers de Los Ángeles, con inversión de Clearlake Capital.

El precio de venta fue de 2.500 millones de libras (3.200 millones de dólares), el más alto jamás alcanzado por un equipo en el deporte mundial, y los ingresos debían destinarse a una fundación de apoyo a las víctimas ucranianas de la guerra. Boehly también tuvo que comprometerse a invertir 1.750 millones de libras (2.200 millones de dólares) en los próximos años en equipos e infraestructuras.

La etapa final del proceso encapsuló lo político que fue el proceso con la aprobación de las autoridades británicas y europeas que sancionaron a Abramovich, asegurando que no se beneficiaría de la venta.

Fue un final poco ceremonioso para sus 19 años como propietario.

Tras comprar el Chelsea por 140 millones de libras en 2003, Abramovich acabó sin nada. Ni siquiera la devolución de los 1.600 millones de libras de préstamos que tuvo que condonar para permitir que el club se vendiera y siguiera jugando.

Sin embargo, para Abramovich nunca se trató de dinero. Más bien se trataba de estatus y de ganar trofeos.

Roman Abramovich, ex propietario del Chelsea. (AP)

«En retrospectiva, especialmente con el perfil público que me traería, tal vez habría pensado de manera diferente sobre la propiedad de un club», manifestó Abramovich a Forbes un año antes de perder el control del Chelsea. «Pero, en aquel momento, sólo veía este increíble juego, y quería formar parte de él de una forma u otra», sumó.

Ya no, al menos en Inglaterra. En última instancia, sin embargo, la asociación con Putin de la que Abramovich pasó tanto tiempo tratando de distanciarse le costó la posibilidad de mantener la propiedad del Chelsea.

 

Fuente: Ynet Español