La conmovedora historia del Bar Mitzvah de un hombre de 94 años en su lecho de muerte

POR: Shula Hirsch

Bar-Mitzvah

A través del curso del año pasado, hubo períodos de advertencia de que mi esposo, Marty, estaba empezando a sufrir de demencia. Un matemático avanzado, administrador de una escuela pública y profesor universitario, ya no era capaz de hacer ni siquiera simples problemas matemáticos o jugar ajedrez, su pasatiempo favorito. Además, su una vez robusto apetito había empezado a desvanecerse. Yo me rehusaba a aceptar la realidad, y seguía diciéndole que él estaría bien, y muchos días a ratos podía funcionar a pesar de estos significativos síntomas.
 
Nosotros pasamos mucho tiempo hablando sobre nuestra maravillosa familia y nuestros largos viajes alrededor del mundo, incluyendo cinco viajes a Israel. También reconocimos que ambos habíamos tenido carreras extremadamente exitosas. Verdaderamente teníamos pocos arrepentimientos.
 
Discutimos los sentimientos de mi esposo hacia los aspectos religiosos del judaísmo: Él se ponía el talit y los tefilín cada mañana, leía del sidur, observaba Shabbat, e incluso condujo los servicios del domingo en la mañana en nuestra sinagoga por más de 55 años. Nosotros recordamos la época cuando nuestro hijo pequeño tuvo un juego fuera de la ciudad de la Pequeña Liga en un sábado y a pesar de lo mucho que Marty quería asistir, él no viajaba en Shabbat. En su lugar, el viernes se quedó en un cuarto de hotel cerca del campo de béisbol y pudo caminar al juego, donde él observó feliz el home run de nuestro hijo que les dio la victoria.
 
Recordamos la vez que habíamos planeado un viaje de verano a través del país. Desafortunadamente, justo antes de irnos, su padre había fallecido inesperadamente. Él se rehusó a ir al viaje porque sentía la necesidad de decir las plegarias de Kaddish para su padre dos veces al día. Yo pasé muchas horas contactando a los alcaldes de pueblos pequeños, así como a sinagogas, rabinos e incluso periodistas locales. Sorprendentemente pude arreglar un minyam para él día y noche cada pocos cientos de millas en nuestro viaje. Desde New York hasta California y de regreso, él cumplió su obligación y pudo recitar el Kaddish de acuerdo a la tradición.
 
Todas estas experiencias sin duda influyeron el pensamiento y los deseos de mi esposo y se volvió cada vez más importante para él a medida que continuó a lo largo del proceso de envejecimiento. Y entonces, a medida que mi esposo, a la edad de 93 años, se hacía más débil y estaba molesto por el hecho de que no podía hacer muchas de las cosas que él solía hacer, se volvió más consciente cada día de que su fin estaba realmente acercándose.
 
Marty se dio cuenta de que el 80mo aniversario de su bar mitzvah se estaba aproximando, y anunció que nada le gustaría más que recitar la haftarah de su bar mitzvah (la selección acostumbrada de los Profetas vinculada temáticamente a lectura semanal de la Torah) en ocasión del aniversario. Mi hija llamó al rabino, quien en tono de disculpa le explicó que había dos niños haciendo bar mitzvah que habían practicado ese mismo pasaje por varios años y que él no se los podía quitar. Sin embargo, le ofreció la oportunidad a mi esposo de ir a la bimah en la sinagoga para recitar otras plegarias.
 
Mi esposo había hecho esto tantas veces en el pasado que esto no era un sustituto para él. A través de los años, de hecho, cada vez que entrábamos a la sinagoga en las fiestas, en un yahrzeit o yizkor, antes de que siquiera nos sentáramos el director del comité ritual rutinariamente se le acercaba y le preguntaba si quería una aliyah. Él rápidamente aceptaba, pero desde que estuvo más débil, yo le advertía a este hombre joven que lo vigilara cuidadosamente mientras él caminaba hacia el escenario, porque Marty ya no se mantenía firme en sus pies. Sin embargo, mi esposo se las arreglaba para llegar a la bimah, y participaba activamente en los rituales de la Torah.

A medida que el tiempo avanzó, mi esposo se volvió más débil, menos alerta. Después de una corta estadía en el hospital, regresó a casa con una enfermera del hospicio para cuidarlo. Él comenzó a fluctuar entre la vigilia y la pérdida del conocimiento. Obviamente no había manera de que podría haber ido a la sinagoga para recitar su haftarah, incluso si el rabino hubiera podido arreglarlo. Estaba desconsolado.

En la tarde del viernes antes del aniversario del bar mitzvah estaba acostado inconsciente, rodeado por la familia, cuando el timbre de la puerta sonó y nuestro rabino y su asistente llegaron de visita. Los rabinos se acercaron a la cama, donde mi esposo estaba profundamente dormido. Se inclinó sobre él y dijo: “Marty, despierta. Tus dos rabinos están aquí. Hemos venido a cantar tu haftarah contigo”.

Mi esposo entró en atención alerta por primera vez en varias semanas. Abrió sus ojos, sonrió y se sentó, sin ayuda. Los tres hombres procedieron a cantar el pasaje de la haftarah de su bar mitzvah de 80 años atrás. Mi esposo ni siquiera necesitó las páginas impresas; ni una palabra fue olvidada, y la melodía fue perfecta. Después de todos estos años, él recordaba el pasaje entero de memoria. Los rabinos estaban extremadamente impresionados, y le dijeron que una vez más él era un bar mitzvahed. Junto los rabinos dijeron una plegaria especial y le desearon Shalom. Mientras se estaban yendo, nuestro rabino se volvió a mí y, con lágrimas en sus ojos, susurró que esta era uno de los episodios más memorables en sus muchos años como rabino -uno que nunca será olvidado.

Poco después, Marty siguió el mandamiento del pasaje de su bar mitzvah,titulado Lech Lecha –“marcharse –irse” y cerró sus ojos por última vez. Su deseo final había sido concedido. Él murió como un hombre muy feliz.
 
Shula Hirsh es una profesora retirada de Literatura Judía y autora del libro, “An American Housewife in Israel”.
 

Fuente: Forward
Traducción por la Comunidad Judía  de Guayaquil